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¿Quo vadis universitas?

Josefa Domènech

Si bien no una preocupación estrictamente vital, la cultura sí lo es de espiritual, y a la cultura va unida la educación, que a su ausencia, de cultura y de educación, se le dice barbarie, aunque a las mentes cavernarias, que lamentablemente haberlas haylas, les encantaría prescindir de los rasgos de civilización que tantos siglos, ¡milenios!, ha tardado la especie humana en adquirir. Entre tanto parloteo en estas fechas tan señaladas electoralmente (el próximo 25 de mayo se votará ese parlamento con sede en Bruselas que nadie sabe a ciencia cierta para qué sirve), merchandising electoralista a destajo y enormes caretos callejeros de los candidatos a la sucosa prebenda de ser parlamentario europeo, echo de menos, entre otras muchas cosas, que se descuide la cultura y el debate educativo cuando todo ciudadano decente lamenta hasta que punto están degradadas la educación y la cultura en el Reino de España.

Reino corrupto, corrupción sistémica, el panorama es desolador, más si cabe cuando quien debiese actuar hace caso omiso, por incompetencia o directamente prevaricando a conciencia, a las exigencias de la sociedad. Soy valenciana, ciudadana de una autonomía devastada por la corrupción política institucionalizada hasta la saciedad, Universidad incluida, y madre de un hijo que pronto dejará el bachiller para cursar estudios superiores. Y he aquí mi pregunta: ¿qué hacer?

La pregunta no es baladí, porque día sí y día también aumenta el desprestigio de la que debiese ser «alma mater», la madre nutricia, así también llamada la Universidad, porque se supone que allí quien estudia es alimentado con la ciencia. Pero en vez de ciencia, y tras el gasto de un fortunón, lo único que se obtiene son esputos de estulticia. En consecuencia, la sociedad ya no contempla la Universidad como ese templo del saber que debiese ser, que faculta para ser un buen profesional del mañana, y su reputación ha ido decayendo hasta límites verdaderamente preocupantes. Hoy en día y como está concebida, la Universidad española, salvo casos excepcionales, es totalmente prescindible, pero nadie parece estar dispuesto a mover un dedo para cambiar ese sistema de canonjías de nuevo cuño en que se han convertido las plazas docentes universitarias, que es el quid del problema.

Alguien dijo y la realidad lo reafirma: «déme tres votos y haré catedrático a un poste telegráfico». Y así es, hay más madera en las universidades españolas (hay más de ochenta en funcionamiento) que espacio forestal en la península Ibérica. Aunque suene hiperbólico, se asemeja a la realidad. Hay catedráticos y profesores titulares de todo pelaje, los hay honrados y capacitados (la excepción), pero también los hay desconocedores de la ciencia que a priori debiesen dominar. No exagero, aunque el pudor me impide ser más explícita, pues vergüenza ajena me causa comprobar como se mancilla la ciencia en muchas áreas de conocimiento sin que al parecer nadie se atreva a reparar el daño, sobretodo a los alumnos y después a la comunidad científica. Las plazas docentes salen «en función de las necesidades», sí, así lo cacarean los rectores, pero de las necesidades de colocar, enchufar, recompensar al compadre, afecto o compinche, dígasele candidato oficial, que no en arreglo a la necesidad de dotar a los departamentos con los mejores. No diré nombres de tales dislates, al menos en esta ocasión, pero me consta, lo he visto y me indigna. Diré sólo el nombre de una Universidad, campeona en tales indecencias, la Universidad de Alicante, que ahora saca pecho porque dícese está en el lugar 473 de las 750 mejores universidades del mundo (http://s.ua.es/nyjq). O sea: el parto de los montes. Y encima tan contentos. Esa Universidad que incluso tiene el morro de sacar las plazas a concurso público con nombre y apellidos, y los rectores tragan. Lo hizo el Sr. Ordóñez, que miró hacia otro lado ante hechos graves de compadreo en la adjudicación de plazas docentes; lo hizo el Sr. Jiménez Raneda, otro que tal, incapaz de plantar cara a la corrupción o quizá es que debía el rectorado a ello; y lo hace el actual rector, Sr. Palomar, discípulo en tejemanejes del anterior, que como Poncio Pilatos, se lava las manos y que prosiga el festín endogámico.

La Universidad, la de Alicante y la del resto del Estado, está demasiado henchida de fraudulentas lumbreras y languidece en mediocridad, pues no es el saber y las capacidades lo que se premia sino el ser vos amigacho de quien sois. Si la Universidad es el motor que marca un país en I+D (investigación más desarrollo), apañados, pues, estamos. La solución pasa, obligatoriamente, por cambiar con urgencia el sistema de acceso a la docencia universitaria, con tribunales objetivos obligados a regir con equidad, pero visto como está el patio, con castas dirigentes universitarias con compinches en los poderes públicos, a ver quién es el valiente que le pone el cascabel al gato.

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